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Poesías para las madres


INDICE
Me enseñaste
Soy tu hijo
Luces para un hijo
Madre mía
Mi madre
Madre bendita
A mi madre
A mi madre
Madre campesina
Madre de bondad y sabiduría
Madre, llévame a dormir










ME ENSEÑASTE
* Que el amor puede ser infinito, aunque quepa en un solo corazón.


* Que se puede tenerlo todo en la simple calidez de una cocina.
* Que todos los caminos me son posibles porque te ocupaste de preparar
con tanto cuidado lo que necesito para recorrerlos.

* Que dar y seguir dando sin esperar que te devolvamos nada te ha hecho riquísima.

* Que la paciencia es un bien renovable sólo en una madre.

* Que el equipaje liviano nos hace más libres...
* Que no importan lo lejos que me lleven mis sueños, siempre podré volver a casa y a tu lado.
* Que descubrir y querer nuestras raíces no nos retiene en tierra;
al contrario, nos ayuda a llegar más alto.
* Y que cuando el vuelo sea difícil y sienta deseos de abandonarme y caer;
tu amor ese será bienvenido, ansiado soplo de viento debajo de mis alas...

~Anónimo
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Soy aquella pequeña semilla
que de tu corazón enamorado
brotó en tu vientre
vientre de mujer eterna
vientre de madre dulce
son tus cabellos los que juegan
con el viento
como tu sonrisa inspira
ternura de mi amor
de tu hijo para ti.

Eres mi dulce melancolia, madre mia
eres mi esperanza
y me brindas seguridad
eres el calor en el frio
y el aire fresco en el calor
eres tú, mi madre, dichoso lo digo!
gracias por quererme, madre mia!.
~Raf

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Para el hijo que crece en tus entrañas,
para que nazca fuerte, simple y bueno,
ara la tierra, duerme sobre el heno
y refleja en tu pecho las montañas.

Piensa que el agua clara en que te bañas
es un río que cruza por tu seno,
y en tu profundo corazón sereno
deja su huella y vierte sus hazañas,
para que nuestro hijo, en tu cintura,
sienta que se completa y se madura
entre una larga sucesión de olas,
y venga al fin, en medio de tus gritos,
a mirar los espacios infinitos,
sobre las encendidas amapolas.

~(Carlos Castro Saavedra - Poeta Colombiano)~

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Cuando los ojos a la vida abría,
al comenzar mi terrenal carrera,
la hermosa luz que vi por vez primera
fue la luz de tus ojos, ¡madre mía!.

Y hoy que, siguiendo mi escarpada vía,
espesas sombras hallo por doquiera,
la luz de tu mirada placentera
ilumina mi senda todavía.

Mírame, ¡oh madre!, en la postrera hora,
cuando a las sombras de mi noche oscura
avance ya con vacilante paso.

Quiero que el sol que iluminó mi aurora
sea el mismo sol que con su lumbre pura
desvanezca las brumas de mi ocaso.


~Rafael Escobar Roa - Poeta Colombiano

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Daria lo que fuera por volver a verte
no hay otra cosa en mi mente que no seas tu
te siento tan mia, aun en la lejania irreversible
de la muerte
que,reitero, daria lo que fuera por volver a verte.

no puedo cerrar el duelo ¡soy tan tuyo todavia!
madre: daria hasta mi vida y todo lo que promete el cielo
con tal de estar contigo aunque fuese solo por un momento.

Dedicado a perpetuar la memoria
del ser mas maravilloso que conoci en la vida :
Lidia Arancibia de Plenazzio, mi madre.
~© Juan Domingo Plenazzio ~
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Tiene la frente pálida y tranquila,
una santa mirada en su pupila
y en los labios la savia del amor;
¿quién es ella, tan noble y abnegada,
que nos habla de amor en su mirada
y cual nadie nos cuida con fervor?.

Es la madre, la santa, la bendita,
la que al pie de la cuna nos musita
una dulce oración;
la que todo lo aporta por su niño,
la que nos llena de inmortal cariño
y nos da el corazón.

Tiene la frente pálida y hermosa
cual si fuera del Cielo alguna Diosa
llena de bendición;
ella nos da salud con un abrazo,
si sufrimos nos cura en su regazo
del más grande dolor.

Es la madre, la santa, la que llora,
el verdadero llanto que devora
su pecho maternal;
la que cubre con besos nuestra frente,
la que siempre es igual.

Dichosos los que vamos por la vida,
y tenemos en ella a la querida
madre abnegada que nos diera el ser.

Elevemos un canto a su grandeza,
amémosla con toda la firmeza,
que sentirá placer.

Cantemos a la madre en este día;
yo que tengo a la dulce, la que es mía,
la bendigo con íntimo fervor;
los que la lloren para siempre muerta,
vayan del Cielo a la gloriosa puerta
que está cerca de Dios.

¡Benditas madres que en afán prolijo,
dieron toda la vida por el hijo
que fue su adoración...!

¡Bendita madre que tu amor me diste,
y al tenerme en tus brazos me pusiste
tu eterna bendición...!.
~ Crisanto Cuéllar Albaroa - poeta Mexicano ~
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Generosa Oceanía de silencios
tu palabra de amor me levantó
más allá de mis plegarias de luz,
grabando en mármol azul, tu voz
que en mi boca crepuscular anidó
la esencia total de tus sentimientos.

La clara concepción de tus caminos
me lleva transparente por las sombras,
recojo el mensaje de la vida
que en el bautismo de mis días,
tus ojos grabaron en mi memoria.

Así, soy en ti, la poesía
tu sacrificio y tu dolor me marcaron
y forjaron en mí el concepto de la hombría
tus azules manos artesanas tallaron en mí
la verdad, el trabajo y el honor.

Día a día seguí tus lágrimas
y noche tras noche caminé tus oraciones;
te vi caer de las sombras del cansancio
cuando la noche rompía tu fortaleza,
y al segundo de tu entrega
vi alzarse tu estatura astral
en la galaxia de la vida y de la muerte.

Y hoy que soy un universo de luz,
y un huracán desmedido de ilusiones,
vivo la pasión y el amor
con la misma intensidad que has vivido tu dolor;
admiro tus batallas, madre mía;
como silueta dibujada en el océano azul
con la presencia inconfundible de la luz.

Soy en ti la prolongación rumorosa de tus sueños
y la voz universal de seis corazones invisibles,
que hacen presente el homenaje de amor
en el reino silencioso de tu entrega total.
Alejandro Latorre Quintanilla (Chile, 1961)~

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Cuán tristes pasan los días!...
¡cuán breves... cuán largos son!...
Cómo van unos despacio,
y otros con paso veloz...
Mas siempre cual vaga sombra
atropellándose en pos,
ninguno de cuantos fueron,
un débil rastro dejó.

¡Cuán negras las nubes pasan,
cuán turbio se ha vuelto el sol!
¡Era un tiempo tan hermoso!...

Mas ese tiempo pasó.
Hoy, como pálida luna
ni da vida ni calor,
ni presta aliento a las flores,
ni alegría al corazón.

¡Cuán triste se ha vuelto el mundo!
¡Ah!, por do quiera que voy
sólo amarguras contemplo,
que infunden negro pavor,
sólo llantos y gemidos
que no encuentran compasión...
¡Qué triste se ha vuelto el mundo!
¡Qué triste le encuentro yo!...

II

¡Ay, qué profunda tristeza!
¡Ay, qué terrible dolor!
¡Tendida en la negra caja
sin movimiento y sin voz,
pálida como la cera
que sus restos alumbró,
yo he visto a la pobrecita
madre de mi corazón!

Ya desde entonces no tuve
quien me prestase calor,
que el fuego que ella encendía
aterido se apagó.

Ya no tuve desde entonces
una cariñosa voz
que me dijese: ¡hija mía,
yo soy la que te parió!

¡Ay, qué profunda tristeza!
¡Ay, qué terrible dolor!...
¡Ella ha muerto y yo estoy viva!
¡Ella ha muerto y vivo yo!
Mas, ¡ay!, pájaro sin nido,
poco lo alumbrará el sol,
¡y era el pecho de mi madre
nido de mi corazón!

III

¡Ay!, cuando los hijos mueren,
rosas tempranas de abril,
de la madre el tierno llanto
vela su eterno dormir.

Ni van solos a la tumba,
¡ay!, que el eterno sufrir
de la madre, sigue al hijo
a las regiones sin fin.

Mas cuando muere una madre,
único amor que hay aquí;
¡ay!, cuando una madre muere,
debiera un hijo morir.

IV

Yo tuve una dulce madre,
concediéramela el cielo,
más tierna que la ternura,
más ángel que mi ángel bueno.

En su regazo amoroso,
soñaba... ¡sueño quimérico!
dejar esta ingrata vida
al blando son de sus rezos.

Mas la dulce madre mía,
sintió el corazón enfermo,
que de ternura y dolores,
¡ay!, derritióse en su pecho.

Pronto las tristes campanas
dieron al viento sus ecos;
murióse la madre mía;
sentí rasgarse mi seno.

La virgen de las Mercedes,
estaba junto a mi lecho...
Tengo otra madre en lo alto...
¡por eso yo no me he muerto!

V

Ya pasó la estación de los calores,
y lleno el rostro de áspera fiereza,
sobre los restos de las mustias flores
asoma el crudo invierno su cabeza.

Por el azul del claro firmamento
tiende sus alas de color sombrío,
cual en torno de un casto pensamiento
sus alas tiende un pensamiento impío.

Y gime el bosque y el torrente brama,
y la hoja seca, en lodo convertida,
dale llorosa al céfiro a quien ama
la postrera y doliente despedida.

VI

Errantes, fugitivas, misteriosas,
tienden las nubes presuroso el vuelo,
no como un tiempo, cándidas y hermosas,
sí llenas de amargura y desconsuelo.

Más allá, más allá..., siempre adelante,
prosiguen sin descanso su carrera,
bañado en llanto el pálido semblante
con que riegan el bosque y la pradera.

Que enojada la mar donde se miran
y oscurecido el sol que las amó,
sólo saben decir cuando suspiran:
«Todo para nosotras acabó.»

VII

Suelto el ropaje y la melena al viento,
cual se agrupan en torno de la luna...,
locas en incesante movimiento,
remedan el vaivén de la fortuna.

Pasan, vuelven y corren desatadas,
hijas del aire en forma caprichosa,
al viento de la noche abandonadas
en la profunda oscuridad medrosa.

Tal en mi triste corazón inquietas
mis locas esperanzas se agitaron
y a un débil hilo de placer sujetas,
locas..., locas también se quebrantaron.

VIII

Ya toda luz se oscureció en el cielo,
cubriéronse de luto las estrellas,
y de luto también se cubrió el suelo,
entre risas, gemidos y querellas.

Todo en profunda noche adormecido,
sólo el rumor del huracán se siente,
y se parece su áspero silbido
al silbido feroz de una serpiente.

¡Cuán tenebrosa noche se prepara!...
Mas al abrigo de amoroso techo,
grato es pensar que la hórrida tormenta
no ha de agitar la colcha de mi lecho.

XIX

Mas..., ¿qué estridente y mágico alarido
la ronca voz de la tormenta trae?
Triste..., vago..., constante y dolorido,
cual fuego ardiente, en mis entrañas cae.

Cae y ahuyenta de mi lecho el sueño...
¡Ah! ¿Cómo he de dormir?... Locura fuera,
fuera locura y temerario empeño
que con gemidos tales me durmiera.

¡Ah! ¿Cómo he de dormir? Ese lamento,
ese grito de angustia que percibo,
esa expresión de amargo sufrimiento
no pertenece al mundo en que yo vivo.

X

Donde el ciprés erguido se levanta,
allá en lejana habitación sombría,
que al más osado de la tierra espanta,
sola duerme la dulce madre mía.

Más helado es su lecho que la nieve,
más negro y hondo que caverna oscura,
y el curo altivo que sus antros mueve,
sacia su furia en él con saña dura.

¡Ah! De dolientes sauces rodeada,
de húmeda hierba y ásperas ortigas,
¿cuál serás, madre, en tu dormir turbada
por vagarosas sombras enemigas?

XI

¿Y yo tranquila, he de gozar en tanto
de blando sueño y lecho cariñoso,
mientras herida de mortal espanto
moras en el profundo tenebroso?

¿Llegará a tanto el insensible olvido?
¿La ingratitud del hombre a tanto alcanza,
que entre uno y otro lazo desunido
ceda siempre al vaivén de la mudanza?

Odioso y torpe proceder de un hijo
a quien la dulce madre en su agonía,
con besos y caricias le bendijo
olvidando el dolor por que moría.

XII

Nunca permita Dios que yo te olvide,
mi santa, mi amorosa compañera;
nunca permita Dios que yo te olvide,
aunque por tanto recordarte muera.

Venga hacia mí tu imagen tan amada
y hábleme al alma en su lenguaje mudo,
ya en la serena noche y reposada,
ya en la que es parto del invierno crudo.

Y que en tu aislado apartamiento fiero,
tan ajeno del hombre y su locura,
velen mi llanto y mi dolor primero
al lado de tu humilde sepultura.

XIII

De gemidos quejumbrosos,
de suspiros lastimeros,
vago suena en el espacio
melancólico concierto...

Son las campanas que tocan...
¡Tocan por los que murieron!
Plañidero el metal vibra,
las regiones recorriendo
de los valles solitarios,
de los tristes cementerios,
y también allá en la hondura
de las almas sin consuelo.
¡Vasto páramo es la mía,
como abrasado desierto,
como mar que no se acaba,
y en ella un sepulcro tengo
más profundo que un abismo,
más ancho que el firmamento,
y al eco de las campanas
que en él se va repitiendo,
los esqueletos se rompen,
de mis pálidos recuerdos!

¿Será cierto que pasaron,
y para siempre murieron?
¿Es verdad que cuanto toco,
cuanto miro y cuanto quiero
todo ilusión me parece,
todo me parece un cuento?...

Y que tuve un tiempo madre
y que ora ya no la tengo...
También un sueño parece,
¡pero qué terrible sueño!



XIV

Ayer en sueños te vi...
Que triste cosa es soñar,
y que triste es despertar
de un triste sueño... ¡ay de mí!

Te vi... la triste mirada,
lánguida hacia mí volvías,
bañada en lágrimas frías,
hijas de la tumba helada.

Y parece que al mirarme,
con tu mirada serena,
todo el raudal de mi pena
se alzaba para matarme.

Y también me parecía
que tu acento desolado,
llegando hasta mí pausado:
«¡Ya estoy muerta!», repetía.

Y al repetirlo, gimiendo
el eco en el hondo abismo
de mi pecho, iba así mismo
«¡ya estoy muerta!», repitiendo.

Y qué terror... qué quebranto
aquel eco me causaba...
Llegué a pensar que me hallaba,
en la región del espanto.

Y aunque era mi madre aquélla,
que en sueños a ver tornaba,
ni yo amante la buscaba,
mi me acariciaba ella.

Allí estaba sola y triste,
con su enlutado vestido,
diciendo con manso ruido:
«Te he perdido y me perdiste»

Y llorábamos... ¡qué horror!
Llorábamos de tal suerte;
ella lágrimas de muerte,
yo lágrimas de dolor.

Todo en hosco apartamiento,
como si una extraña fuera,
o cual si herirme pudiera,
con el soplo de su aliento.

Y es que el sepulcro insondable,
con sus vapores infectos,
mediaba entre ambos afectos,
de un origen entrañable.

Aun en sueños, tan sombría,
la contemplé en su ternura,
que el alma con saña dura,
la amaba y la repelía.

¡A la dulce, a la sin par
madre que me llevó el cielo!
¡Ah! ¡Qué amargo desconsuelo
debe su tumba llenar!

¡Aquélla a quien dió la vida,
tener miedo de su sombra!
¡Es ingratitud que asombra,
la que en el hombre se anida!

Mas tú que tanto has amado,
tú que tanto has padecido,
tú que nunca has ofendido,
y que siempre has perdonado,

a la que nació en tu seno
sé que no guardas rencores;
tú toda mieles y amores,
aun de la tumba en el cieno.

Ruega, ruega a Dios por mí,
desde tu lecho de espinas,
por donde al cielo caminas
al alejarte de aquí.

Y cuando al Dios de ternura,
llegues de gracia cubierta,
dile no cierre su puerta
a esta humilde criatura,
porque en santa paz unidas,
donde no hay penas ni olvido,
gocemos en blando nido,
las glorias desconocidas.

XV

Como en un tiempo dichoso
fui al campo por la mañana,
que estaba hermosa y risueña,
que fresca y galana estaba;
fuime al romper de la aurora,
cuando tocaban al alba,
cuando aún los hombres dormían
y los jilgueros cantaban,
saltando de rosa en rosa,
volando de rama en rama.

Con su murmurio apacible,
solita la fuente estaba,
bajo el castaño frondoso
que tiernamente la guarda.

Y estaba la verde yerba
toda cubierta de escarcha.

Las tenues lejanas nieblas,
cual vaporosos fantasmas,
vagaban tristes y errantes
sobre las altas montañas.

El lejano campanario
sobre las nieblas se alzaba,
con sus graciosos festones,
con su armoniosa campana.

Y en torno al humilde templo,
bajo su sombra guardadas,
veíanse humildes chozas,
aun más que la nieve blancas.

¡Cuánta pureza en la atmósfera!
¡Cuánta dulcísima calma,
del cielo azul descendiendo,
en torno se respiraba!
Mas yo vestida de luto
y aun más enlutada el alma,
bajo las ramas del bosque
bajo las ramas paseaba,
soñando en sueños de muerte
que nos rasgan las entrañas.

Paseaba yo silenciosa,
paseaba yo solitaria,
mientras las aguas del río
camino del mar rodaban.

En vano, en vano buscando
al ángel de mi esperanza
que con sus alas ligeras,
hacia los cielos tornara.

¡Pobre ángel! pobre ángel mío...
¡Cuánto en la tierra te amaba!
¡Mas cómo no amarte cuando
tus alas me cobijaban,
si fueron ellas mi cuna,
la cuna en que me arrullabas.

Si fueron mi dulce aliento
y el paño, ay, Dios, de mis lágrimas!
Hora corren hilo a hilo.

Hora mis mejillas bañan,
bañan la tierra que piso
y en su amargura me empapan,
mas nadie viene, ángel mío,
¡ay!, nadie viene a enjugarlas.

Ya el sol bañaba las cumbres
de las risueñas montañas,
ya disiparan las nieblas,
las brisas de la mañana;
ya despertaran los hombres,
ya no tocaban al alba,
cuando torné de los campos,
paso tras paso a mi casa.

Dejárala silenciosa
cuando salí a la mañana,
y silenciosa a mi vuelta,
más que las tumbas estaba.

En la solitaria puerta
no hay nadie... ¡nadie me aguarda!
ni el menor paso se siente
en las desiertas estancias.

Mas hay un lugar vacío
tras la cerrada ventana,
y un enlutado vestido
que cual desgajada rama
pende en la muda pared
cubierto de blancas gasas.

No está mi casa desierta,
no está desierta mi estancia...
Madre mía... madre mía,
¡ay!, la que yo tanto amaba,
que aunque no estás a mi lado
y aunque tu voz no me llama,
tu sombra sí, sí... tu sombra,
¡tu sombra siempre me aguarda!

Muchos lloran y lloran y se quejan,
y entre quejas y llantos y suspiros,
que hijos son del dolor,
la ruda fuerza del dolor mitigan,
cantando al son de lira cariñosa
con plañidera voz.

Yo ni lloro, ni canto, ni me quejo,
mas en mi seno recogida guardo
la hiel del corazón;
y por eso, vivir, vivo muriendo,
que sentir nadie sin morir pudiera,
¡ay, lo que siento yo!

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La he visto amanecer en los manglares
en busca de las conchas enlutadas;
también por las sabanas calcinadas
segando arroz, con golpes regulares.
La vi encorvarse bajo las brazadas
de leña seca, allende los palmares;
la vi trazar los signos seculares
con manos fuertes, por el sol doradas.

La vi peinar la negra cabellera
del hijo triste que el destino afina
para el rudo camino que le espera.

Duro es el pan don el dolor domina:
tan sólo es fresco y claro en la pradera
el amor de la madre campesina...
~ Matilde Real de González (Panamá, 1926)~

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Madre, tú que desciendes de un universo de bondad,
eres la mano divina cuyo ímpetu
protector nos sostiene a cada paso.

Eres la fuerza y el hálito luminoso
que disipa la noche de nuestro trémulo caminar
por calles vagabundas.

Eres el faro bendito que nos orienta
por los inciertos mares de la vida,
pues tu guía es un maravilloso tesoro
que lleva nuestros anhelos coronados de arco iris
hacia puertos enjoyados de tu sabiduría primordial.

Porque la nave de tu compasión es inconmensurable,
a tus ojos todos los niños del mundo, son tus hijos.

Y tus castigos son bendiciones para nuestras almas,
pues nos modelan según el ideal que sólo
resplandece en el cielo de tu corazón.

Tú entregas al lento y difícil trabajo del crecer,
una paciencia que con pujanza humilde
acorta nuestro largo navegar.

Y por gracia del fuego de tu aspiración
a los logros más nobles,
a las cimas más altas, podemos tus hijos ascender.

Madre, flor de Sol con aroma de eternidad,
sólo tus caricias son capaces
de curar las mil y una heridas
que la vida nos prodiga.

Madre, llevas la esperanza del hombre en tu desolado corazón,
llevas el futuro de tus hijos en tus brazos generosos
para vencer o perecer, siempre junto a ellos,
en el viaje peligroso, triste y alegre del vivir.

Madre, tú que portas los rayos del esplendor de Dios,
que has sufrido, esperado, preparado y realizado todo por nosotros,
sobrellevando nuestro peso obstinado y mortal,
recibe, hoy día, la rosa eterna de nuestra infinita Gratitud.
INDICE







Madre,llévame a la cama,
que no me tengo de pie.
Ven,hijo,Dios te bendiga
y no te dejes caer.
No te vayas de mi lado,
cántame el cantar aquél.
Me lo cantaba mi madre;
de mocita lo olvidé,
cuando te apreté a mis pechos
contigo lo recordé.
¿Qué dice el cantar,mi madre,
qué dice el cantar aquél?
No dice,hijo mío,reza,
reza palabras de miel;
reza palabras de ensueño
que nada dicen sin él.
¿Estás aquí,madre mía?
porque no te logro ver....
Estoy aquí,con tu sueño;
duerme,hijo mío,con fé.
(Miguel de Unamuno) enato Huerta T.(Chile 1962)~


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